Noviembre dulce

He desarrollado la capacidad de abstraerme completamente del mundo, de sentirme en casa solo por estar conmigo misma, y he dejado de saber qué es sentirse solo para aprender a disfrutar de todos los formatos de la soledad. Lo llamo superpoder, porque he empezado a abrazar todos los momentos de la vida y he dejado de creer en el desperdicio del tiempo.

Quiero pensar que esto me ha enseñado a querer mejor, que aprendiendo a quererme he dejado de buscar el amor por el amor y he empezado a regalar cariño de manera gratuita. Al menos, ese es para mi el objetivo.

He aprendido tantas cosas de mí este año que he llegado a pensar que mi personalidad se está desdoblando. He conocido el abismo y he tonteado con el miedo y ahora he dejado paso a la calma.

He eliminado la desesperación y he encontrado el placer a perderme, a estar perdida y a no querer encontrarme, ni que me encuentren. Y ahora las casas no son casas, son personas. Y qué afortunada soy de tener casas repartidas por todo el mundo a las que entrar sin llamar a la puerta, y de saber que cuando llegan los fantasmas la solución está a un billete de avión de distancia.

Ya no huyo ni escapo del miedo, ahora se viene conmigo, crece conmigo. Y nos encanta.

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Fogonazos

Una caña en el faro. Un atardecer en la playa. Una cerveza belga en Budapest. Un vino tinto en Logroño. Un blanco en Verona. Al final, todo acaba reducido a beber. No al qué si no a con quién.Ver amanecer desde el balcón antes de salir de viaje. Que suene Read my mind en el aleatorio de spotify, la perspectiva de escuchar I will wait en un bar de Irlanda. Ir a verte a Nueva York. Hacer brunch un domingo en Madrid. 24 horas en Pamplona. Un viaje relámpago a Barcelona y enamorarme otra vez.

Quisquillas a la brasa en Filipinas. Una nevera azul en el Cubas. Un bote al puntal. Una isla desierta. Un isla lleno de gente. Cocido en otoño. Los árboles rojos de camino a Logroño, girasoles amarillos de vuelta a casa. La humedad en el cuerpo otra vez, y en el pelo. El salitre en los labios, el sol en la piel. Un rayo de sol en un día de lluvia. Escuchar la tormenta desde el salón. El momento en que se encienden las luces en el cine después de una buena peli. Los primeros segundos después de oír cantar a alguien que lo hace bien.


Un chocolate caliente en un día de frío. La sensación de saber que has dado bien los temas al salir de clase cuando ya no hay nadie en la calle y el momento es tuyo. Llegar a casa después de un día de trabajo intenso. Superar los límites que te habías impuesto, y que salga bien. Superar los límites que te habías impuesto, y que salga mal.

Estrenar. Descubrir un restaurante nuevo. Recomendar un libro a alguien, y que le guste. Salir de la realidad un domingo y meterte en un libro. Una canción que te gusta cuando estabas yéndote del bar. Que te inviten a desayunar. Un concierto. Mirarte al espejo y verte bien.

Una hamburguesa de recena en el Algarbe, french toast en Chicago, una tarde en el Louvre. Una sobremesa. Un café Madrid. Más quisquillas en Sanse. Una llamada de cinco segundos a deshoras, colgar el teléfono después de una hora y media y sentirte en casa.

Comer.

El verde. El mar. Octubre. Febrero. Vivir.

 

Bendito otoño.

El primer día con edredón, pisar hojas, pisar charcos. Que llueva por fin -que llueva mucho-. La Luz de octubre, los atardeceres rojos. Las primeras sopas, los primeros jerséis, volver a oír mis botines por los pasillos de la Consejeria. Los días de frío seco en Logroño y la humedad Del Río. Volver a casa en Santander después de las copas en la calle siendo un 90 por ciento agua. Una bufanda tempranera. El entretiempo. Los paraguas. El café. Las ganas de manga, abrazo, sofá y peli. Y las ganas de mi (¿por qué no?). Los nuevos propósitos, los nuevos retos, los nuevos comienzos, borrón y cuenta nueva. Estrenamos ilusión. Todas las ganas de escribir. El primer día de edredón. Y a dormir.

Trouble 

La vida es un conjunto de locuras pequeñas sobre las que se asienta una locura más grande. Si no asimilas este concepto, puede que te lleve por delante.

La vida hay que volarla, con los pies en el suelo, a paso ligero pero sin abandonar tierra firme. En la maleta las ganas y a mano 3 contactos de emergencia; los de verdad, los que no fallan. 


Sentirlo todo, todo el rato. Dejarnos caer al precipicio de la incertidumbre: no hay nada más aburrido que la ausencia de duda. No hay nada más aterrador que la ausencia de miedo. Querernos bien alto, querer bien al resto. Hablar de lo que nos gusta en voz baja y defender lo que no a gritos.

Creer en la justicia. No dejar que nuestra manera de ser quienes somos sea una excusa para no intentar ser mejores. Soplarnos suave las cicatrices. Llorar a mares con la cabeza alta. Sentirlo todo, todo el rato. Reírnos con los ojos cerrados.

Arrepentirnos, saber volver. Eliminar la distancia con un gesto de la mano. Bailar sin música, a todo trapo. No sonreír nunca a medias, no hacer las cosas a medias, nunca querer con medias tintas. Soltar el freno de mano.

Disfrutar el viaje. Probarlo todo. Empezar una vida nueva cada septiembre y dedicar el resto del año a cuidar la vieja. Suspirar, al menos, una vez al día. Es la mejor manera de coger aire. Dejarnos arrastrar por un vicio, por un hobbie, hacer gala de un esfuerzo endiablado. Resistir.

Estamos en este mundo para probarlo todo, para coger lo que la vida nos da y diseñar nuestro camino. Para tomar una copa de vino en tu terraza o compartir una cerveza en las escaleras de otoño. Para capturar La Luz de septiembre en un millón de fotos. Para crecer despacio.

Para ir, y volver, darnos la vuelta y volver a intentarlo.

Para verlo todo.

https://youtu.be/5fELORFm-P0

This is not what I paid for 

Llegas, y todo es azul. Y tú, que estás acostumbrado a que el mar te rodee, recuperas la capacidad de maravillarte con la naturaleza. Entrecierras los ojos para enfocar a pesar del sol, y descubres una forma de vida diferente. Más sencilla, más simple, más perfecta. No sé si podría vivir aquí, pero he vuelo siendo muy consciente de que es aquí donde -de todos los lugares en los que he estado últimamente- más a gusto conmigo misma me he sentido. Filipinas ha recuperado mi esencia y ha traído de vuelta mis ganas. Dicen que a los sitios donde has sido feliz no deberías volver, pero ojalá otro viaje así y descubrir cuanto hemos cambiado ambas; las islas y yo.

Agosto dulce

Llegar a un sitio nuevo es sentirme otra vez como si tuviera 6 años y estuviera descubriendo el mundo por primera vez. Todas las veces. Porque es así, las sorpresas terminan cuando se acaba tu capacidad para dejarte sorprender.


Pasear como quien estrena zapatos, disfrutar como quien abre las calles. Estrenar de verdad ciudades, aeropuertos, paisajes y experiencias.  Que no se te acaben nunca las primeras veces. 

Veroño


Y entonces la calma antes de la tormenta de verano, antes de ese olor inconfundible a risas enlatadas. A vinos largos y sueños ligeros. Suelos resonantes de gotas y esperas. Y entonces lluvia, que moja, que borra, que limpia. Y después sol, con más fuerza, con más ganas, con menos tiento y más luz. Y el frío ya conocido, y tú, que me haces temblar.Hoy la temperatura ha bajado 15 grados de golpe, y me he vuelto a enamorar. 

Over

Hace tiempo que la distancia dejó de medirse en kilómetros para medirse en besos. Y en versos. Y en vernos. 

Ha pasado a medirse en puestas de sol y maletas con ropa húmeda. En copas frías y rabas recién hechas. En pasos. En muchos pasos. En taconeos de vuelta.

En secretos, en fotos a contraluz, en mensajes de madrugada. En despedidas, papel mojado.

Se mide en baños en el mar y apretones de mano, en llamadas de teléfono y notas de voz. Se mide en granos de arena.


En La Luz de mediodía y las noches con chaqueta. En comidas y cenas, en vino blanco y cervezas. Y en echar de menos. Sobretodo eso, en todo lo que echamos de menos.

Feliz Semana Grande.

Esto es todo.

Hoy he llegado a casa del puntal, envuelta en salitre, con el pelo rizado y marcas de sol. Con los restos del helado aún en la mano, he entrado por casa a las 8, dejando un charco de arena en el suelo de la cocina, con cansancio de sol. 

Me he dado un baño en la piscina y una ducha interminable y he dejado que el pelo se secara al aire. 

Me he dejado caer en el sofá con esa sensación que solo se tiene en verano, cuando sabes que no hay ninguna preocupación que te vaya a levantar de ahí, y he respirado.


He hecho como que veía la tele mientras cotilleaba cosas en el móvil y me he levantado tiempo después echando ya de menos la sal en mi piel. Me han gustado mis marcas de sol y las mejillas coloradas de la playa.

He cenado un sándwich a toda velocidad y he bajado andando al centro con la chaqueta en la mano. Con una sonrisa indeleble en la cara y los restos del cansancio escondidos en casa en la bolsa de la playa, para la siesta de mañana.

He escuchado el murmullo de cañadio que ha ido subiendo de intensidad a medida que me aproximaba y, por fin, he subido al bar La Calle a pedirme una copa. 

La felicidad sabe a la primera copa del primer día de verano en la primera noche de cañadio. Y punto.

Not yet.

Lo fácil sería dar la vuelta e irnos por donde hemos venido. Renunciar a aquello que queremos conseguir solo porque se encuentra fuera de la zona en la que estamos cómodos. Fuera de aquello que echamos de menos. No hacer sacrificios, olvidar el esfuerzo.

Lo sencillo es abandonar a medias. Tirar la toalla. Rendirse. Qué palabra más fea. Rendirse.

No. Aún sigue mereciendo la pena.