This is not what I paid for 

Llegas, y todo es azul. Y tú, que estás acostumbrado a que el mar te rodee, recuperas la capacidad de maravillarte con la naturaleza. Entrecierras los ojos para enfocar a pesar del sol, y descubres una forma de vida diferente. Más sencilla, más simple, más perfecta. No sé si podría vivir aquí, pero he vuelo siendo muy consciente de que es aquí donde -de todos los lugares en los que he estado últimamente- más a gusto conmigo misma me he sentido. Filipinas ha recuperado mi esencia y ha traído de vuelta mis ganas. Dicen que a los sitios donde has sido feliz no deberías volver, pero ojalá otro viaje así y descubrir cuanto hemos cambiado ambas; las islas y yo.

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Agosto dulce

Llegar a un sitio nuevo es sentirme otra vez como si tuviera 6 años y estuviera descubriendo el mundo por primera vez. Todas las veces. Porque es así, las sorpresas terminan cuando se acaba tu capacidad para dejarte sorprender.


Pasear como quien estrena zapatos, disfrutar como quien abre las calles. Estrenar de verdad ciudades, aeropuertos, paisajes y experiencias.  Que no se te acaben nunca las primeras veces. 

Veroño


Y entonces la calma antes de la tormenta de verano, antes de ese olor inconfundible a risas enlatadas. A vinos largos y sueños ligeros. Suelos resonantes de gotas y esperas. Y entonces lluvia, que moja, que borra, que limpia. Y después sol, con más fuerza, con más ganas, con menos tiento y más luz. Y el frío ya conocido, y tú, que me haces temblar.Hoy la temperatura ha bajado 15 grados de golpe, y me he vuelto a enamorar. 

Over

Hace tiempo que la distancia dejó de medirse en kilómetros para medirse en besos. Y en versos. Y en vernos. 

Ha pasado a medirse en puestas de sol y maletas con ropa húmeda. En copas frías y rabas recién hechas. En pasos. En muchos pasos. En taconeos de vuelta.

En secretos, en fotos a contraluz, en mensajes de madrugada. En despedidas, papel mojado.

Se mide en baños en el mar y apretones de mano, en llamadas de teléfono y notas de voz. Se mide en granos de arena.


En La Luz de mediodía y las noches con chaqueta. En comidas y cenas, en vino blanco y cervezas. Y en echar de menos. Sobretodo eso, en todo lo que echamos de menos.

Feliz Semana Grande.

Esto es todo.

Hoy he llegado a casa del puntal, envuelta en salitre, con el pelo rizado y marcas de sol. Con los restos del helado aún en la mano, he entrado por casa a las 8, dejando un charco de arena en el suelo de la cocina, con cansancio de sol. 

Me he dado un baño en la piscina y una ducha interminable y he dejado que el pelo se secara al aire. 

Me he dejado caer en el sofá con esa sensación que solo se tiene en verano, cuando sabes que no hay ninguna preocupación que te vaya a levantar de ahí, y he respirado.


He hecho como que veía la tele mientras cotilleaba cosas en el móvil y me he levantado tiempo después echando ya de menos la sal en mi piel. Me han gustado mis marcas de sol y las mejillas coloradas de la playa.

He cenado un sándwich a toda velocidad y he bajado andando al centro con la chaqueta en la mano. Con una sonrisa indeleble en la cara y los restos del cansancio escondidos en casa en la bolsa de la playa, para la siesta de mañana.

He escuchado el murmullo de cañadio que ha ido subiendo de intensidad a medida que me aproximaba y, por fin, he subido al bar La Calle a pedirme una copa. 

La felicidad sabe a la primera copa del primer día de verano en la primera noche de cañadio. Y punto.

Not yet.

Lo fácil sería dar la vuelta e irnos por donde hemos venido. Renunciar a aquello que queremos conseguir solo porque se encuentra fuera de la zona en la que estamos cómodos. Fuera de aquello que echamos de menos. No hacer sacrificios, olvidar el esfuerzo.

Lo sencillo es abandonar a medias. Tirar la toalla. Rendirse. Qué palabra más fea. Rendirse.

No. Aún sigue mereciendo la pena.

Junio


A mí lo que me gusta es la gente valiente. La de verdad. La que coge sus miedos y su nudo en el estomago y hace con ellos una bandera que izar alto y claro. La que sabe a dónde va y no duda en dar los pasos necesarios para conseguirlo. Que cierra el petate y te mira sonriente mientras se embarca en una aventura nueva, aún más complicada que la anterior. La que convierte sueños en realidades tangibles. A mí lo que me gusta es la gente a la que admiro.
Que te habla de sus logros con la humildad de quién no sabe cuánto valen pero que defiende su valía teniendo claro lo lejos que puede llegar.

A mí lo que me gusta es la gente que siempre está cerca, no importa las veces que les digas adiós.

Y ahora tengo que agradecer tener un trocito de todo eso en casa. Y decirte “hasta pronto” y dejarte entrever lo orgullosa que estoy solo de que intentes jugártela en toda esta historia. Buen viaje, y toda la suerte que no necesitas. 

Los domingos son para el verano (VI)

Nos conocimos hace innumerables veranos, ya no me acuerdo cuántos, pero sé que fue justo aquí. Y sé que llevabas un bañador rojo y yo un vestido blanco, y que me quitaste mi sombrero de paja y te lo pusiste dedicándome una de tus sonrisas de medio lado. Después me tiraste al agua.

Por fin he conseguido mi revancha. Te observo salir del agua riendo a carcajada limpia y noto esa sensación tan familiar que tengo siempre que estoy contigo, la sensación de estar en casa.

-“está te la concedo, rubia. Solo has tardado 8 años. Bien hecho”.

Me río. Por supuesto tú te acuerdas de cuánto tiempo hace que nos conocemos. Porque tú te acuerdas de todo. Seguramente hasta sabrás que te dije antes de marcharte aquel verano. Y a pesar de todo aquí sigues. La parte de mi que se despidió de ti es la que más aborrezco de todas.

Me acerco al borde del embarcadero, me quito el vestido y salto al agua contigo. Esta fresca y se agradece el descanso con el calor que hace fuera. Con un ojo vigilo mis compras y con el otro controlo que no me hagas una aguadilla.

Flotamos un rato en el agua sin decir nada. Lo cierto es que en este pueblo hay muchas veces en que no hace falta llenar los silencios con palabras. El sonido del mar ya cubre ese trabajo. El Sol está ya en lo alto y, aunque parezca mentira, mi estómago me indica que es la hora de comer. Desde donde estás, oyes revolverse a mi tripa y sonríes.

– “Vamos, que seguro que mi abuela te invita a comer”.

Salimos del agua y subimos despacio la cuesta hasta casa de tus abuelos. Llevo las sandalias en la mano, mis pies agradecen el suelo de piedra. Elena nos saluda desde la ventana, con Martina en brazos. No me puedo creer que mis amigos hayan empezado ya a ser padres. Martina tiene unos muslos gordos y unos papos aún más grandes. Te observo de reojo mientras le devuelves la sonrisa y te noto algo nostálgico, como siempre que ves a Martina. Debe ser raro que tu ex novia tenga una hija con otra persona. La vida en los pueblos es curiosa. Me adelanto un poco y te cojo del brazo. Es absurdo, pero una parte de mí quiere marcar territorio. Me lanzas una mirada burlona y seguimos subiendo. Hace demasiado calor para tener prisa.

Casi arriba, nos cruzamos con tu abuelo que llega de marisquear. Mucho más ágil que nosotros, nos ha adelantado a mitad de cuesta. Es increíble la vitalidad que puede llegar a tener este hombre. Me da un beso y nos enseña lo que ha pescado. Mi estómago ya se empieza a anticipar a lo bien que vamos a comer.

La casa azul de tus abuelos no ha cambiado en todo este tiempo. Azul oscuro, con contraventanas blancas y esa enredadera de la ventana que tu abuela se empeña en conservar contra viento y marea, a pesar de que esté habitada por numerosos insectos que yo, personalmente, aborrezco. Parece que tu abuela les hubiera cogido cariño.

Me acerco a la cocina de leña para ver si puedo ayudar con la comida y como siempre tu abuela, con una olla en el fuego que parece perenne, rechaza mi ayuda. Me señala el cajón de los manteles y me pide que ponga la mesa al fresco; así que salgo al jardín y cubro la mesa de debajo de la higuera. Cuando termino corto un par de rosas y las pongo en un vaso para adornar la comida. Seguramente esta acción me salga cara cuando tu abuela las vea.

Vuelvo a entrar y te encuentro jugando a las cartas, en el mismo sitio en el que te encontré el primer día del segundo verano, cuando abrí la puerta con la determinación de quien tiene claro lo que quiere y me di de bruces con la realidad. Confieso que verte picar a tu abuelo mientras jugáis al chinchón me gusta más que encontrarme a Elena leyendo en el sofá. Pero también es verdad que aquel día aprendí que la vida no espera a que te decidas a tomar decisiones, y eso me ha enseñado a ser más ágil, lo cual agradezco.

– “Me da tiempo a jugar una?”.

 

Los domigos son para el verano (V)

Cojo un percebe y me doy cuenta de que podemos considerar este mi tercer desayuno. Y que probablemente a estas alturas me haya pasado ya el 90 por ciento de mi vida comiendo. Miro las bolsas con las que he salido cargada del mercado y sonrío. El diez por ciento restante de mi vida lo he pasado pensando en qué voy a comer. Y realmente no tengo ningún remordimiento al respecto. Te miro darle un trago a la botella de vino. Tú tampoco lo haces mal. Has desayunado en tu casa, en la mía, y has empalmado el café en el bar con el aperitivo conmigo. Va a ser verdad eso que dicen “Dios los cría…”

Me haces cosquillas en el brazo y me sacas de mis pensamientos.

-¿Que vas a hacer?

Esa ha sido siempre la pregunta que más miedo me ha dado. La que me obligaba a tomar una decisión. Esa que volvía real todo lo que había estado rondando mi mente hasta entonces.

-“No me gusta esa pregunta, ¿tienes otra?”

Sonríes.- “Ya sabes que no”.

Sé que no. Nunca me has dejado eludir una respuesta o contestarte de manera evasiva. Por lo general, sabes cuando te estoy mintiendo. Y eso me exaspera. Manipular la verdad ha sido siempre uno de mis hobbies, precisamente porque trabajando es algo que no me gusta hacer.

-“Sinceramente, no lo sé. Es una historia demasiado interesante para dejarla pasar y tú lo sabes”.

Asientes a mi lado.-“Pero puede que descubras cosas sobre ti misma que no te gusten. Lo sé, las ventajas e inconvenientes están claros”.

-“puedo empezar a trabajar en ello y dejarlo cuando piense que puede ser demasiado para abarcarlo todo”.

Más que oírte, siento tu pecho moverse a mi lado mientras te ríes a carcajadas.

-“podrías, pero no lo vas a hacer”.

Finjo enfadarme pero en seguida desisto. Los dos sabemos que tienes razón. Me quito las gafas de sol y te miro a los ojos por primera vez en todo el día.

-“te encanta ponerme en esta situación, ¿verdad? Siento que lo estás disfrutando”.

Te noto en los ojos que sonríes y te encoges de hombros.

– “alguien tiene que hacerlo”.

Pongo los ojos en blanco. -“no es verdad”. Suspiro y vuelvo la mirada al mar. -“ahora mismo no me apetece nada estar contigo”.

Tú reprimes un bufido, te ríes y me pasas un brazo por los hombros.

-“Es la decisión correcta”.

-“Aún no he tomado ninguna”.

Sonríes y me das un pequeño empujón. -“Claro que si”.

Y es lo último que dices, porque por una vez consigo pillarte por sorpresa y tirarte al agua.

Los domingos son para el verano (IV)

Salgo del agua a coger aire y tengo que reconocer que echaba de menos esto. Los últimos dos años había renunciado a pasarme por aquí y no me había dado cuenta de lo que eso había supuesto para mi salud mental. 

Explorar nuevos territorios es una de las cosas más gratificantes que he hecho con mi tiempo, pero es verdad que a veces no hace falta irse tan lejos. A pesar de mi miedo irracional a lo que se oculta debajo de la superficie, estar cubierta de agua en el centro de la pequeña bahía resulta reconfortante. 

Cojo una gran bocanada de aire y vuelvo a meter la cabeza bajo el agua. Mi mente se queda en blanco.
Sé que más arriba me espera un cielo despejado y las montañas que rodean la zona. Y la casa amarilla del acantilado que llevo años planeando comprar. Quizás debiera dejar de darle vueltas y apropiármela de una vez. Tal vez si tuviera dinero… La pintaría de blanco y la reformaría de arriba abajo pero sin cambiar nada. 

Vuelvo a salir del agua y la resignación se vuelve a apoderar de mí. Se me pasa por la cabeza la idea de sugerirte comprar esa casa a medias. Me río de mi propia estupidez y Fernando me mira divertido. Yo me encojo de hombros, ya sabe cómo soy.

Me ayuda a subir de nuevo al barco y volvemos al puerto. 

Hace años solíamos pasarnos la tarde sentados en el barco, comiendo pipas y esperando a que cayera el sol para ver anochecer desde la bahía. Más tarde cambiamos las pipas por los gin tonics, pero no cambiamos esa costumbre. Últimamente parece que hemos crecido en direcciones opuestas y tenemos menos cosas que contarnos, los silencios son menos ligeros y más incómodos, ya no es tan fácil huir como antes de las preocupaciones. Ahora te alcanzan también en el mar. 

Especialmente a Fernando, que a pesar de su carácter ufano no puede ocultar que la crisis también ha hecho mella en su modo de vida. Me pregunto si se arrepiente de haber dejado la universidad. Le sonrío a medias mientras bajo del barco, me guiña un ojo y se vuelve; aún le queda trabajo.

Yo me siento en el embarcadero y te oigo llegar a mi espalda. A estas alturas ya sé reconocer tus pasos lentos y comedidos, temes despertar a la bestia. Te sientas a mi lado sin decir nada y sonrío. Entre nosotros despliegas la pipa de la paz: vino blanco y percebes que –estoy segura- has quitado a tu abuelo en un despiste. Miro tus pies descalzos que cuelgan sobre el mar.
 – “Estás moreno”.- digo, y escucho tu respiración pausada.